Mostrar Mensajes

Esta sección te permite ver todos los posts escritos por este usuario. Ten en cuenta que sólo puedes ver los posts escritos en zonas a las que tienes acceso en este momento.


Temas - Potnia

Páginas: [1]
1
La hoja / Parodia de varios animes "shojo" bastante conocidos
« en: Septiembre 12, 2006, 04:20:36 pm »
El otro día, mientras perdía el tiempo deambulando por espacio cibernético sin rumbo fijo, me encontré con esta verdadera perla del arte paródico en un blog de "Live Journal" a cuya comunidad (y para no perder la costumbre) también pertenezco.  La muchacha que escribió esto, tiene por identidad electrónica "laia_w" (creo que debe de ser catalana.  ¿Que opinas de esto, Seleia?) y creo que tiene posibilidades como escritora de ese difícil género que es el humorístico.  En fin, como presentación del texto, ya estuvo bueno, y ahora lo pongo a consideración de los asiduos lectores de la hoja para que viertan en este nuevo tema los comentarios que espero y deseo leer de todos ustedes.


"¿Os acordáis de Candy Candy? Claro, quien puede olvidarse de ella. La primera Mary Sue que vi yo en la pantalla. Bueno, el caso es que esa serie cursi la veía de pequeña y -gracias a dios- aún entonces sabía que era muy cutre. Bueno, el caso es que me la tragaba enterita por alguien -Albert- o mejor dicho debería decir "algo" porque era eh... un dibujo.

En mi época de instituto, no se si por aburrimiento o por caer en la degeneración más friki imposible de imaginar, me vicié conscientemente de otra serie de la misma autora de Candy Candy, una cosa llamada Lady Georgie.

Georgie era como Candy pero peor. A ver, era una historia más dura -porque salían menos flores- pero más o menos el tema era similar. Las coincidencias eran obvias.

- Rubias ambas dos.

- Huérfanas ambas dos.

- Buenas ambas dos.

- Nativas de Inglaterra pero residentes en colonias ambas dos.

- Mary Sues ambas dos, con todo lo que esto implica (para ir rápidos)

Una amiga mía y yo consideramos la posibilidad de parodiar las dos series y fundirlas en una. Nació Peppie Suïsse.

Debo decir que casi todo el guión lo escribí yo, porque mi amiga tendrá muchas virtudes pero entre ellas no se cuenta la constancia. Pasamos divertidos recreos e incluso hicimos ilustraciones.

Si no os enteráis de nada es comprensible, está MUY mal explicado, pero eso es porque lo escribí a los quince años y en teoría era algo orientativo. Bueno, lo que cuenta es la ESENCIA, el TEMA.
En una pequeña comunidad del Caribe, una importante familia francesa que está de paso tiene un precioso bebé, pero incomprensiblemente se lo dejan olvidado junto a los muelles del puerto, antes de embarcarse.
El bebecito empieza a gatear y llega hasta la selva, donde es criado por unos monos de rabo largo. Debido a ello es muy buena subiéndose a los árboles.
A los tres años, la niña es devuelta a la civilización y es criada por una familia de relojeros suizos inmigrados que siempre van vestidos de tiroleses, y la llaman Peppie Suisse.
Los trillizos Suisse, hermanos adoptivos de Peppie, se enamoran todos de ella.
 
A los 15 años decide embarcarse como polizón en un barco rumbo a Francia. Allí conoce a Phillipe Mechón, su verdadero hermano –aunque aún lo ignoran- y se enamoran.
Pero el barco es atacado por un barco pirata comandado por el impetuoso y “Espronceresco” capitán pirata conocido por “El indomable”. Se inicia una extraña relación entre ellos.
Después de pagar los rescates son liberados.
Al llegar al puerto, Mechón es recibido por Sophie Dangereux, prima y prometida de éste. La familia Mechón, todos mechados e increíblemente dulces, deciden acoger a la preciosa y pizpireta niña. Sophie se sube por las paredes.
 
Entonces Phil empieza a padecer anemia perniciosa, pero como es vegetariano no quiere comer lo que le ha recetado Frederic Moustache.
Mientras, los padres de Phil se muestran preocupados por la educación de la preciosa niña Peppie, y por otra parte, Sophie quiere deshacerse de ella, así que les lava el cerebro para que vaya a un internado inglés muy famoso y caro, donde solo van los aristócratas, donde además de estar lejos de Phil se sentirá muy incómoda.
 
Al final Sophie logra que Peppie parta hacia Londres, en un barco (evidentemente), donde se encontrará con “El indomable”, domado y sin barco, ahora solo se permite ser inconformista.
Éste le explica que es inglés, y quería huir de su rutinaria vida en tierra y enfrentarse al mar, pero desde que su hermano Gabriel se metió a cura, sus padres lo han tomado como a un inútil, y para rebelarse él se metió a pirata, para fastidiar a sus padres y así hacer lo que le diera la gana, pero ahora que su padre ha muerto y su madre está enferma de muerte, y decide hacer algo para que sus padres se sienten orgullosos de él, decide estudiar en un internado para luego hacer medicina y ayudar a la humanidad.
 
Peppie se emociona y llora, y ella le dice que también tiene unos padres maravillosos en la tierra que la vio nacer (donde ella cree que nació), en Springland, pero que decidió viajar a Francia para realizarse como mujer, y unos señores, que son millonarios por cierto, la han acogido, porque son muy buenos.
Casi sin darse cuenta llegan a Inglaterra, donde él se le ofrece para acompañarla hasta Londres en carruaje.
El se ha dado cuenta que a ella le gusta Phil (él es listo), y le suelta un poema de narices (ella se emociona) y le dice que nunca se rendirá y que luchara por su amor como antes luchó contra el mar y los portugueses y los españoles, porque él es muy bravo y muy macho, y tiene melena ondeando al viento, y le da un beso, pero ella lo abofetea suavemente y se va corriendo. Empieza a nevar y él observa a escondidas como Peppie revolotea por la nieve.
 
Mientras, en el palacio de Versalles hay una fiesta muy elegante, donde asisten Sophie y el anémico Phil. Se observa como un criado le comunica a Phil la trágica muerte de su prima Rousse en América, donde murió masacrada por el séptimo de caballería, y como prueba, un indio sioux, pariente del sioux con el que se había liado Rousse, le arrancó la cabellera y se la quedó como recuerdo, pero entonces tres hombres que habían llegado para hacer negocios con los amos de ese estado habían visto la cabellera en un campamento de indios, y uno de ellos, era en verdad el padre de Peppie, el otro era su predicador, que era inglés y el otro era un amigo del predicador que vivía allí y era ranchero y les hacía de guía, entonces el enviado por el padre de Sophie para reconocer el cuerpo de Rousse los vio a los tres, y le contó al padre de Sophie todo lo que sabía de los hombres que vio, pero solo consiguió ver al predicador y al guía, pero al padre de Peppie no (que en realidad era el hermano del padre de Sophie, es decir, que Peppie es en realidad la sobrina del padre de Sophie, es decir, que en realidad Peppie y Sophie son primas) el cual había entrado en el ayuntamiento para revisar los apadrinamientos efectuados los tres años que se sucedieron tras la pérdida de su bebé. Ya había revisado todos los estados del golfo de México donde se encontraba Springland, donde tampoco encontró nada.
 
Mientras, en Springland, la familia se había distanciado. Un hermano, el mediano (el maduro) después del desengaño de Peppie, se metió a cura, y decidió ir a buscar a Peppie y a su verdadera familia.
El hermano mayor, Michel, (el atormentado) se ha liado con una pescadora que vivía en una playa donde su padre tenía un faro (isla), pero seguía sin olvidar a Peppie y se da a la bebida.
El hermano pequeño (el inocente) se va a Francia para buscar a Peppie ya que aún la quiere.
El padre de Sophie sabe por su informador que tres personas saben lo de la muerte de Rousse, y quiere matar al predicador y al guía (ignorando que su hermano está con ellos) porque piensa que, si dicen que una hija (Rousse) de un aristócrata tan famoso se escapó con un sioux, tendría que retirarse de la política, y empieza a buscar predicadores e información. También contrata un mercenario que va con el informador a cargárselos. Habrá un tiroteo y el padre de Peppie caerá malherido y piensa en el cielo y mira al cielo y allí ve la imagen de su esposa que murió de dolor por la pérdida de su hija (que se olvidaron).
 
Mientras, Peppie entra en el internado, donde conoce a Gigi Pierrot, una tímida muchacha que está enferma del corazón y sus padres no le dejan tener emociones por si le da un ataque.
En el mismo internado estudia Sophie Dangereux, que pidió a sus padres y a la madre superiora que les tocara en la misma clase.
A partir de ese momento todo empieza a ir mal. Primero Sophie le ridiculiza en clase, y segundo que no se le permitía la entrada a Phil, ya que era un internado puro e inocente.
Un día, sucedíó que el internado de Peppie y el del inconformista, que estaban hermanados, tenían que celebrar como cada año la entrada de la primavera, con “La fiesta del as flores”, día en que todo está lleno de flores y todos se regalan flores, se hace una obra de teatro de amor por la mañana y por la tarde se hace una merienda en el campo.
Resulta que la obra era “Romeo y Julieta”, y Romeo sería el Inconformista, pero aún no habían escogido a ninguna Julieta, tenían como candidatas a Betty Suá, a Sophie, que siempre hacía de actriz protagonista, y a Peppie, que todas la escogieron por dulce y por lo bien que interpretaría el papel.
Al principio escogieron a Peppie, por lo que Sophie se lo dijo a su padre, el cual en un ensayo entró y amenazó a una de las monjas, Sor Marilyn, una novicia muy amiga de Peppie a la qu expulsó, y la quiso encerrar en un convento por consentir que una campesina pudiera hacer de protagonista de una obra tan famosa, y además siempre había sido sophie, la protagonista.
Peppie se encara a él, el cual la ficha, pero Peppie decide renunciar al papel para que la novicia pudiera volver a integrarse. Por detrás se ve al inconformista tristísimo, en pose atormentada y con mano en cara.
Pero en medio de la obra, Romeo no da las réplicas a Sophie haciendo de Julieta, sino que pone en relieve su arpiísmo delante de los padres de todos los alumnos, los cuales son aristócratas y conocen al padre de Sophie.
Entonces el padre de Sophie decide expulsar al chico.
 
Mientras, en la habitación, Peppie llora y su amiga le rebela que es la única amiga que ha tenido, entonces lloran las dos.
 
Al día siguiente, en clase de geografía, estaban estudiando el Caribe, el cual era muy probe, y Sophie salta diciendo que la probe chica decente de Peppie es caribeña, y su familia es payesa, y las alumnas que son aristócratas y estiradas la rechazan.
 
Peppie no aguanta más y por la noche decide huir de ahí, guiñándole un ojo a Gigi, a quien no le gusta que se vaya y la deje sola con esas arpías que también la odian y le ruega que deje que la acompañe, aunque Peppie piensa que por su salud y su bienestar estaría mejor ahí que con ella –obsérvese la bondad de la muchacha, las muchachas así siempre piensan que los seres queridos que dejan atrás siempre estarán mejor sin ella-.
 
Abandona a Gigi llorando en la ventana (apretándose el pecho) y sola y desamparada bajo la lluvia de mayo se encuentra cara a cara con el orgulloso, altivo, indomable, bien plantado y bonito inconformista, a quien, debido a su rebeldía, han expulsado del internado.
Juntos se acogen bajo un cerezo de un encantador parque londinense, donde se cuentan sus secretos en paz y armonía.
El le cuenta que no tienen mucho dinero pero que la fuerza de su amor vencerá ante todo.
 
De repente a lo lejos, medio débil y medio muerto, aparece Phil resoplando y gritando desgarradoramente a Peppie. Llega y la abraza y por detrás se ve al inconformista tristísimo, en pose atormentada y con mano en cara.
Phil le dice que el destino ha sido cruel con ellos dos, y que su padre, que estaba en América buscando a su hija perdida ha encontrado a la familia Suisse y con ellos el clip de oro y esmeraldas y escudo de la familia del pañal de su hija perdida, que los Suisse, pobres pero orgullosos, no vendieron para conseguir dinero. Phil le dice a Peppie que son hermanos, pero ella no se lo cree, entonces Phil agarra el clip en forma de mariposa que apartaba el pelo de la cara de Peppie y se lo saca. De repente le cae un mechón tapándole un ojo y un relámpago atraviesa el cielo, seguido de un trueno.
- Peppie ¡Eres mechada! Eres de la familia Mechón! (Cuando hablo de mechados, me refiero a que todos tienen un mechón de pelo que les cae por la cara, tapándole un ojo)
 
Grita “El inconformista” (ahora “El anonadado”). Comprobada ya la herencia genética de Peppie, ella llora de emoción y le brilla todo el firmamento en sus ojos. Pero Phil esta confundido porque no puede casarse con ella, ya que son hermanos, pero ella tiene al inconformista.
 
FIN
 
Posible alargamiento.
 
Cuando ella escapa del internado, ella puede no encontrar al inconformista, puede ser la suya una relación de amor-odio y ella puede ir a buscar a Phil. Entonces le encuentra y en la boda, antes del si quiero, aparece El inconformista y le quita el clip mariposa, y a ella lentamente le cae el mechón a la cara, ante la estupefacción de los presentes (mechados todos), quedando claro que forma parte de la familia Mechón."

2
La hoja / Martes de Carnaval
« en: Mayo 22, 2006, 03:28:50 pm »
El mundo esta loco, lo sé y me atrevería añadir que la vida también.  ¿A quién se lo ocurre salir del refugio en pleno bombardeo para ir a recoger una muñeca en un edificio en ruinas?.  A mi, solo a mí, a Wolfgang  Siegler, al estúpido Wolfgang Siegler.  ¿Por qué decidí salir del hoyo a la superficie para caminar esos metros angustiosos mientras el hedor de los muertos y la atmósfera nebulosa del polvo que levantan los impactos de las bombas me envolvía sin que yo pudiera evitarlo?.  Supongo que es la culpa; la culpa de ser enfermizo y débil, la culpa de no poder estar en el frente de batalla a causa de mi pecho estrecho, mis pies planos, mi cortedad de vista y, finalmente, mi cobardía.  Esa es la verdad y toda la verdad del asunto.  Preferí la fábrica al campo de entrenamiento, preferí la precaria seguridad de mi casa a la gloria del héroe. Y sucedió que, finalmente, preferí arriesgar mi vida por una muñeca abandonada en un edificio en ruinas, ¿no es paradójico?.  Supongo que sí pero supongo también que no tenía otra cosa que hacer en medio de la incertidumbre de la espera.

No pude decir que no.  No pude arriesgar una excusa ante ese acuoso par de ojos azules que me miraban con tanta desesperación.

-Ella esta sola y las bombas la matarán si se queda allí sola – me decía con su vocecita infantil.
-¿Dónde esta tu madre?.  ¿Dónde está tu familia? – me volví fingiendo que buscaba algo en medio de la gente apiñada del refugio.
-Murieron –volví a escuchar su hilito de voz.

Es duro escuchar la palabra “muerte” de los labios de un niño y más duro aun que esa voz aguda y triste te recuerde, a través de la palabra “muerte”, que tú no deberías estar ahí.  Quizá por eso, porque yo me había salvado de ser un nombre más en las interminables listas de caídos en el frente de batalla, que salí en busca de la muñeca que era la única familia real de aquella niña sucia de ojos azules.  ¿Realmente salí a eso o salí con la esperanza de acabar de una buena vez con la angustia de aquella vida que no era vida entre sirenas antiaéreas y sentimientos egoístas de supervivencia?.  Le sonreí –siempre he tenido el impulso de sonreír cuando se me acaban las palabras- y puse mi nudosa mano sobre su despeinada cabecita color de paja mojada.  Me di media vuelta y me dirigí a la salida del refugio.  No tenía otra cosa que hacer, ciertamente, más que arriesgar una vida que ya no me servía para nada en mitad de aquel inevitable infierno.

Supongo que unas simples palabras me hubieran devuelto a la realidad de mi cobardía impidiéndome la salida  de aquel lóbrego lugar; pero, nadie las pronunció y yo salí a respirar el aire nocturno del bombardeo.  El suelo se cimbraba cada vez que caía un proyectil haciendo impacto.  El polvo, el resplandor rojizo de los incendios, el cañoneo inclemente de las baterías antiaéreas que parecían no acertar ante el constante movimiento del piso.  Los cascotes de los edificios derruidos, el ruido constante de las sirenas…  Si, aquel era el infierno, no me cabía la menor duda.  Caminé los metros suficientes para darme cuenta que no podría sobrevivir a esa irreflexiva incursión mía entre las ruinas.  Empecé a toser como resultado de mis congestionados pulmones en donde avanzaba el enfisema que los roía día tras día sin que yo pudiera detenerlo.  Ahora maldecía a la enfermedad letal que me había salvado de enlistarme y que me tenía allí, en mitad de la noche, buscando una muñeca.   “¡Estás loco!”, me hubiera gritado mi amigo Gustav  de haberme visto deambulando como un empolvado fantasma en mitad de aquella locura.  “Si, estoy loco Gustav.  Estoy loco camarada, igual que tú que te fuiste a morir a un país extraño con tus entrañas congeladas expuestas al frío soviético por servir a una patria que ni siquiera le pudo devolver tu cadáver a tu pobre madre”.  Y así inicié un soliloquio que pretendía ser un dialogo con algunos de mis mejores amigos que ya no estaban conmigo.  Gustav era una tumba en Stalingrado, Max sería un cuerpo pudriéndose en las Ardenas seguramente, ¿qué es lo que terminaría siendo yo si persistía en permanecer allí como cualquier animal acorralado?.  El  miedo comenzó a desorientarme.  ¿Qué sentiste tú, Gustav, cuando te alcanzó esa ráfaga de ametralladora?; ¿o tú, Max, cuando te alcanzó el impacto del tanque enemigo mientras te esforzabas por atisbar a través de la mirilla de tu Panzer?.  Supongo que morir por la patria amenazada es más importante que morir por una muñeca; pero, ¿realmente está amenazada nuestra patria?.  Recordé el día que Gustav llegó a mi casa durante el verano del 41 con su flamante uniforme de la Waffen SS.  Antes le había visto ya enfundando su orgullo germánico en una camisa parda mientras amenazaba a un pobre hombre que, según él, tenía cara de judío.  Gustav era un auténtico ejemplar ario, alto, rubio, de ojos azules, expresión fría y distante. Se afilió al partido poco antes de la famosa noche de los “Cristales Rotos” en 1938 y para él siempre fue un orgullo haber participado en esa expresión nefanda de la sinrazón humana.  Max era diferente, cabello oscuro y ojos claros, menos ario pero más cálido.  Era un poeta que estaba enamorado de la muerte.  Se me dificultaba hablar con él porque siempre parecía que hablaba un idioma diferente, un idioma que solo él conocía.  Me sorprendió cuando el año anterior me dijo:  “Creo que voy a enrolarme”.  Decidió hacerlo en una división de tanques que enviaron a las Ardenas.  Recuerdo que cuando nos despedimos la última vez que lo ví, me sonrió de un modo inquietante y, después de un silencio incómodo, expresó:  “No creo que nos volvamos a ver.  No sé si regrese.  De todas maneras, si lo hago, recuerda que me prometiste que jugaríamos a la Ruleta Rusa algún día”.  No le contesté nada, no podía hacerlo;  solo sonreí moviendo mi cabeza como queriendo reafirmar cuan loco estaba por proponerme eso cuando la realidad se estaba cayendo a pedazos a nuestro alrededor.  Pues bien, Max, esa era mi propia “Ruleta Rusa”:  salir a buscar una muñeca sin saber si podría regresar a entregársela a su pequeña dueña.

Cada metro de escombros me parecía un kilómetro de recorrido.  Las bombas seguían cayendo y yo deambulaba sin saber hacía donde dirigir exactamente mis pasos.  Mi mente, por el contrario, sabía exactamente hacia donde dirigirse dentro del interior de mi mismo.  Primero recordé cuando se recibió la noticia de la muerte de mi padre aquel día del verano de 1918. Mi madre se derrumbó, mi abuela paterna se derrumbó junto a mi madre y yo me quedé atónito pensando en que significaba  esa palabra.  “Tú padre no regresará más con nosotros, Wolfgang”, me explicó un viejo hermano de mi abuela mientras me miraba conmiserativamente con sus ojos enrojecidos.  ¿Qué había sentido mi padre al inhalar el gas que los ingleses esparcieron en aquella trinchera belga?, ¿en qué pensó cuando supo que no volvería a vernos?.  ¿Pensó en mí, en mi madre, en mi abuela?.  ¿En que pensaría yo mismo cuando una de esas bombas que se precipitaban desde el cielo me alcanzase finalmente?.  Tal vez pensaría en la muñeca que no había encontrado o en los ojos acuosos de la niña o…  Tal vez tendría pensamientos más prosaicos como la última vez que acompañé a Gustav a un burdel.  A él le fascinaba el ambiente de los prostíbulos y presumía de conocer todos los de nuestra ciudad.  Guardaba recuerdos de tales incursiones y le encantaba alardear de sus aventuras eróticas delante de cualquiera que le picara su condición viril.  “Pensar en encuentros de burdel a la hora de la muerte, debe de ser patético” me dije a mi mismo en voz alta como para conjurar las inquietantes imágenes de mi memoria.  Ciertamente, ese aspecto de la naturaleza humana siempre me había resultado desagradable aunque, por desgracia, totalmente necesario.  Al pensar en ello, se me vino a la mente varios momentos anodinos de mis intercambios amorosos.  La primera vez que cedí a la tentación de la curiosidad y acabé enredado entre las piernas de una vieja prostituta que, por más que lo intentó, no logró nada conmigo.  El mejor de mis encuentros con una mujer disfrazada un martes de Carnaval en donde experimenté algo intenso, pasional y único pero breve e irrepetible ya que nunca más volvimos a saber el uno del otro.  Por último, se me vinieron a la mente las imágenes de encuentros fantásticos con mujeres que había amado sin ser correspondido por ellas; imágenes perturbadoras para el momento crucial que me encontraba viviendo en esos momentos.  ¿Qué podía hacer entonces si no era seguir buscando la muñeca?.

Los minutos se me hicieron horas y, en mitad de mi propio infierno, me di cuenta que nunca encontraría esa dichosa muñeca.  Me di la media vuelta recriminando mi torpeza y encaminé mis pasos hacia el refugio que me había atrevido a abandonar de forma tan inconsciente.  Supuse que no alcanzaría regresar pues el incesante bombardeo se recrudecía y yo estaba convencido que no podría alcanzar la seguridad del bunker.  De repente, a punto de llegar al refugio, la tierra se cimbró de tal manera que fui lanzado por los aires aterrizando sobre una pila de cascotes.  Caí de pecho y el golpe me hizo expulsar el aire con una violencia tal, que creí haber exhalado mi último aliento en ese justo instante; pero no, pude volver a respirar con dificultad y sintiendo un gran dolor al hacerlo.  En ese momento, habiendo perdido mis lentes, busque a tientas a mí alrededor hasta que mis dedos tropezaron con un objeto familiar.  ¡Era una muñeca!, sucia, con su vestido desgarrado y su rubio cabello enredado; pero, milagrosamente intacta.  Después de tomarla con ambas manos, me dediqué a buscar mis lentes con ahínco.  Esos no había salido tan bien librados ya que uno de los cristales se encontraba estrellado casi a la mitad; pero, aun así, podía ver un poco mejor que sin ellos.  Abrazaba a la muñeca como si tuviera miedo que pudiera escapar y corrí los últimos metros que me separaban de la entrada del refugio tratando de poner a salvo una vida que, hasta hacia apenas unos minutos, no parecía importarme lo más mínimo. 

Una vez dentro del opresivo y húmedo refugio antiaéreo, busqué a la niña para devolverle su muñeca.  Tal vez era otra muñeca olvidada en mitad del bombardeo; pero, siempre existía la posibilidad que fuera la que me había enviado a buscar.  Sujetando bien al dichoso juguete, me dedique a localizar a la pequeña entre la gente adormilada del refugio.  Nadie la reconocía, nadie la había visto o la recordaba.  Registré cada rincón de aquel atestado lugar sin encontrarla y, cuando estaba a punto de suspender mi febril búsqueda dudando ya de mi alterada razón, vi unas botitas negras y un trozo de tela azul que reconocí como parte de su mugroso vestido.  Me acerqué y me hinqué junto a ella que dormía placidamente con sus manitas sirviéndole de almohada.  No quise despertarla así que puse la muñeca cerca de ella y me alejé sin hacer ruido.  De repente, a mis espaldas escuché una voz femenina que me decía en tono monocorde y sin expresión alguna:

-Acaba de morir.  Estaba esperando su muñeca solamente.  Debía de estar muy enferma.  Aquí nadie sabe de dónde vino o cómo se apareció.  Cosas de la guerra, ¿verdad?.  En cuanto acabe el bombardeo la llevaremos a una fosa común. ¿Me acompaña?.

Me quedé helado y toda mi esperanza renacida se esfumó sin dejar ningún rastro.

-¿Usted la conocía? –volvió a escucharse la voz a mis espaldas.
-No – respondí exhausto.
-¿Viene de fuera del refugio?.
-Si.
-¿Fue por la muñeca?.
-Si – me volví irritado ante el inoportuno interrogatorio.

En ese momento me di cuenta que la mujer que me dirigía la palabra miraba al vacío como si estuviera ciega.

-Discúlpeme- añadí apresuradamente tratando de escapar de la incómoda situación.
-Si, claro.  Pero, dígame, antes de que se vaya, ¿encontró la muñeca?.
-Si.  Ahí la tiene en su regazo.

La mujer ciega me sonrió y volvió a preguntar:

-¿Cuál es su nombre, señor…?.
-Wolfgang.  Wolfgang Siegler.
-Nunca olvido una voz, señor Siegler.  ¿Usted también las recuerda?.
-No, me temo que no – empezó a impacientarme su charla sin sentido.
-Lástima – y sonrió de nuevo.

No, tal vez las voces las olvidara.  Tal vez los rostros se desvanecían en mi memoria al paso del tiempo; pero era capaz de recordar una sonrisa que me hubiera cautivado o unos ojos que me hubieran visto con deseo.  A mi memoria regresó de repente aquel lejano martes de carnaval y, esta vez, quien interrumpió sus pensamientos fui yo.

-Perdón, ¿cuál es su nombre?
-Eva.  Eva Vogler.
-No tenga cuidado señora Vogler, mañana la acompañaré a dejar a la pequeña donde usted quiera.
-Gracias, es usted muy amable.

Si, el mundo esta loco y la vida también.  Yo sobreviví a la guerra y Eva también.  Nuestras familias respectivas, como la niña del refugio, se quedaron en el camino; pero, nosotros logramos emerger de nuestros respectivos refugios personales para poder hacer una vida en común y convertir los pocos o muchos días que nos resten juntos en eternos martes de Carnaval.

 

3
La hoja / Razones
« en: Abril 20, 2006, 02:05:08 pm »
Pues bien, antes de continuar, les advierto que esta es una historia alterna en el mundo de Harry Potter.  Todos aquellos que sean devotos al "canon", sean indulgentes conmigo. Los que no sean "pottermaniacos", también les ruego indulgencia.  ¡Ah! y para los que ni les vaya, ni les venga, disfrútenlo como un mero ejercicio literario susceptible de ser mejorado.  Gracias por su atención a esta nota y, ahora sí, ¡procedan con la lectura! :-D
__________________________________________________________________


Querido Will:

Niño mío, sé lo disgustado que estás. ¿Disgustado?, ¡furioso! sería un mejor término a emplear en este caso particular.  ¿Por qué te resistes a hablarme?, ¿por qué te empeñas en permanecer en este absurdo silencio cuando ambos sabemos que nada, absolutamente nada, puede cambiar lo sucedido?.  Juro por lo más sagrado que conozco que si yo pudiera te devolvería a tu padre, mi esposo, mi compañero, el amor de una vida que ya no deseo tan larga aunque sé que lo será, lo será ya que yo también tengo que aprender a vivir con su ausencia.  Nada, absolutamente nada podía evitar que sucediera lo que sucedió esta víspera de Solsticio.  Ni mis lágrimas, ni mis suplicas, ni la poción más poderosa, ni el encantamiento o el conjuro más potente, le hubiera prolongado una vida que comenzó a extinguirse después de aquel fallido intento de encarnación por parte de Jack Pettigrew tratando de recuperar la esencia mágica del maldito e infame Voldemort. ¡Nada!, nada lo podía retener con nosotros; ni siquiera el amor y la devoción que ambos le profesábamos incondicionalmente.  Ese nefasto Rito de Encarnación lo tocó de un modo que no pudo evitar el desenlace ocurrido este pasado Solsticio.  Sé que merezco tu enojo y tu silencio por haberte negado la oportunidad de despedirte de tu padre; pero, él mismo lo quiso así.  Él mismo quiso irse sin que nadie notara que se retiraba de esta vida.  Si hubiera podido, lo hubiera hecho sin avisarme a mí siquiera.  ¿Recuerdas su última crisis?, regresó como lo había hecho una y otra vez acostumbrándonos a la idea de que siempre, siempre estaría ahí, con nosotros.  Sin embargo, eso no era más que un  engaño, una ilusión, una mentira que a mi me gustaba creer y que, de paso, te hacía creer a ti para que tuvieras la confianza que necesitabas tener en ti mismo.  ¿Cómo podía explicarte que tu padre se iba a ir un buen día sin decirnos adiós porque, en realidad, la vida solo nos lo estaba prestando mientras su mal avanzaba inexorable?.  Hasta ahora, con tus trece años a cuestas, me resulta difícil explicarte por qué tomé la decisión de enviarte con tus padrinos a La Madriguera a celebrar con ellos tu decimotercer cumpleaños, cuando tu padre agonizaba aquí, en Hogwarts.  Tal vez porque, aunque sea un mal argumento, no quería que nada opacara tu felicidad de ese preciso instante.  Quizá el verdadero motivo fue mi miedo.  Si, estaba aterrada porque presentía que tu padre no iba  regresar esta vez y me volvía loca pensando en que demonios iba a hacer sin él.  Quería evitarte que contemplaras mi derrumbe, que presenciaras el triste espectáculo de mi orfandad emocional.  No iba a serte de mucha ayuda verme mal y exponerte a una maduración súbita al tener que hacerte cargo de una madre deshecha, ¿verdad?.  Sé que, para ti, esos no son argumentos válidos; sé que hubieras preferido vivir el tránsito de tu padre junto a mí en vez de ignorarlo en compañía de los Weasley.  Sé que es eso exactamente lo que te cuesta perdonarme aunque no me lo digas.  Sé que es eso porque tus ojos me lo han gritado cada vez que me miras, con rabia y coraje, desde cualquier rincón del castillo.  Sé que es eso cuando eludes mi presencia y evitas que podamos dirigirnos la palabra.  Sé que es eso y aceptó tu juicio: tal vez debía de haber tomado en cuenta tus deseos y hacerlos compatibles con los míos; pero, en ese momento, no podía pensar con mucha claridad.  En ese momento solo quería alejarte del dolor que te iba a causar la muerte de tu padre y no pensé en el castigo que me iba provocar esa decisión.  Solo me resta añadir, mientras espero que me perdones, que tu padre, antes de irse por completo, regresó solo para darme instrucciones sobre lo que yo debería hacer con su cadáver y para decirme lo mucho que nos amaba a los dos.  Te juro que quise retenerlo, que quise aprovechar ese momento suyo de lucidez para convencerlo de que no nos dejara pero, fue inútil, solo regresó para asegurarse que yo sabría hacer lo que debía de hacer después de su muerte.  No sabes cuánto me dolió el no poder evitar que nos dejara; no sabes cuánto me dolió que se extinguiera su vida entre mis brazos sin que yo pudiera hacer otra cosa más que llorar y llorar como una niña abandonada.  Lo único que logré fue arrancarle la promesa de que su espíritu permanecería con nosotros aunque su agotado y desgastado cuerpo ya no resistiera más.  Creo que fue después de escucharle decir esa promesa en medio de la agitación de su agonía, cuando supe que todos mis esfuerzos eran inútiles y que me tenía que resignar a su inevitable partida.  A pesar de todo, murió tranquilo mientras el fuego crepitaba en la chimenea y la nieve caía blandamente del otro lado de la ventana.  El silencio que siguió al momento de su exhalación, fue terrible.  Un silencio opresivo, un silencio que invadió todo a mi alrededor, un silencio que se me hizo eterno mientras el cuarto se llenaba de sombras y la tarde gris cedía su lugar a una noche negra.  Perdóname hijo, te lo ruego; perdóname por no querer que vivieras lo que yo tuve que vivir y lo que sigo viviendo aumentado con el dolor que me provoca el que no quieras hablarme.  Perdóname y ten a bien el considerar deshacerte de tu mutismo para que podamos llorar juntos.  Te adora



Tu madre   

4
La hoja / Los días de Jano
« en: Marzo 14, 2006, 03:01:27 pm »
Pues bien, a sugerencia de Kamui, decidí inciar una historia de capítulos.  Muchas ideas se me vinieron a la cabeza pero acabé escribiendo esta.  Perdónenme muchachos si no trata un tema apasionante para ustedes.  Finalmente, es un ejercicio más susceptible de ser mejorado y como ejercicio quiero que lo vean también ustedes.  Ojalá esta humilde historia encuentre lectores que deseen verla concluida.  POTNIA
__________________________________________________________________________________________________


Los días de Jano
Capítulo 1


       Nacer en tiempos difíciles puede ser una bendición; claro que, mientras te das cuenta de eso, sufres la vida como un condenado a muerte.  Estoy seguro de eso.  Yo soy un ejemplo de ese axioma.  Cuando nací, todo estaba en contra mío.  Fui concebida a destiempo y aunque los médicos aconsejaron un aborto, me aferré de tal manera al útero de mi madre, que ni el golpe que recibió directamente en el vientre al sexto mes de mi gestación, fue capaz de arrancarme de la oscuridad del claustro materno.  Por supuesto, con ese inicio en la existencia, era difícil presagiar cuales serían mis alcances.  Mi madre era una mujer mayor cuando yo vine al mundo, una mujer que había pasado los cuarenta primeros años de su vida tratando de complacer al mundo en vez de complacerse a si misma, una mujer con un rígido esquema que se le vino al piso el día que conoció a mi padre.  Sufrió mucho antes de dar ese paso del cual no se arrepintió nunca aunque las cosas finalmente no salieron como ella esperaba, o mejor sería puntualizar, como ella deseaba.  Mi padre era mucho más joven que ella y entró en su vida como una catástrofe.  Se conocieron de un modo anodino, en el ascensor del edificio en donde ambos vivían.  Ella llevaba toda su vida viviendo allí; él apenas se había cambiado huyendo, por enésima vez, de esos recuerdos que lo atormentaban y que difícilmente le dejaban conciliar el sueño.  Ella vivía sola porque el paso inexorable del tiempo y los acontecimientos, la habían ido despojando poco a poco de sus más caros afectos: mis abuelos, mis tíos, sus amigas y algún que otro novio cuya relación no llegó a cuajar debido a su carácter estricto e inflexible.  Ella sintió que la vejez se desplomaba sobre sus hombros cuando, a sus cuarenta, se encontró de repente sola en mitad de aquel enorme departamento de la colonia del Valle.  Lloró y lloró por días enteros sin saber exactamente cuál era el origen de esas lágrimas.  ¿Era la soledad que de repente se hacia presente en su vida?, ¿era la aterradora sensación de encontrarse sola consigo misma sin poder huir hacia ningún lado?, ¿qué era entonces?.  Tras la primera crisis, resolvió no dejarse amilanar por las circunstancias; siempre había sido una mujer fuerte, ¡la más fuerte de todos sus hermanos! solía decir mi abuela, así que, no le quedaba de otra que hacer honor a su fama y seguir viviendo como lo había hecho hasta entonces.

       Decidió hacer cambios; pero, su esquema rígido de vida le daba muy poco margen para introducir cosas nuevas.  Su rutina era siempre la misma.  Levantarse a la misma hora, hacer las mismas cosas, estar con la misma gente y llegar final del día con la sensación de que había sido igual al anterior y al que le había precedido al anterior.  Sentía que su vida se le estaba yendo como agua entre los dedos sin que ella pudiera evitarlo.  Y así, uno de esos monótonos y grises días de mi madre, apareció mi padre cargando su guitarra.  Según mi madre, cuando lo vio por primera vez le pareció familiar.  De inmediato lo relacionó con las muchachitas del departamento de abajo y se convenció que era el galán de una de ellas; sin embargo, no se detuvo en el tercero.  Como mi madre bajaba en el cuarto, supuso que el joven de la guitarra subiría al quinto; pero, no, también bajo en el cuarto.  Mi madre se sintió incómoda, perseguida por aquel extraño y apresurando el paso, sacó su llave y en un santiamén entró a su departamento.  Mi padre debió de pensar que estaba medio loca por aquella actitud cuasi paranoica de mi madre; pero, no le prestó mayor atención y se dirigió, ensimismado, a la puerta de su propio departamento.  Mi padre y mi madre compartían pues, sin notarlo, una pared; solo una pared.  Por meses, a pesar de que eran vecinos y se encontraban dentro y fuera del edificio, no existían el uno para la otra y viceversa.  Aun hoy, me resulta difícil entender que fue lo que sucedió para que finalmente yo pudiera venir a este mundo si había tan pocas posibilidades de que se pudieran tratar.  Un “buenos días”, “buenas tardes” o “buenas noches”, fue la única conversación que hubo en mucho tiempo entre ellos.  No, el trato distante y cortés no auguraba, para nada, lo que finalmente se provocó.  

       Mi madre, entonces, era una mujer todavía atractiva a la que no le faltaban admiradores aunque ella no ponía mucho empeño en arreglarse.  Le gustaba la belleza natural y era de esas mujeres que parecían empeñadas en ocultar más que en mostrar.  Defendía sus canas con una actitud de dignidad que sorprendía a todo el mundo y, quien la conocía, estaba más que convencido que no pertenecía a este aquí y a este ahora.  Era “la señorita del 401” y casi nadie la tuteaba en el edificio.  Su rostro mostraba ya las inevitables líneas de expresión que terminan convirtiéndose en arrugas y, su cabello, lo llevaba siempre peinado con una simplicidad que le daba un aire elegante.  Casi no se maquillaba, apenas un discreto toque de color en los labios y se vestía como la “vieja señorita” que aun no era en realidad.  Siempre me gustó su sonrisa pero, en esa época sonreía muy poco y fruncía su entrecejo como si se estuviera concentrada tratando de resolver todos lo problema del mundo al mismo tiempo.  No era alta y, aunque se encontraba ya embarneciendo a causa de la edad, aun no perdía la figura que había vuelto loco a más de uno en el pasado.  Su cuello, sus manos..., para mí, fue una verdadera hada en mi infancia.  Cariñosa, tolerante, flexible ...; el milagro que produjo mi padre en su vida.  Pero, entonces,  ella aun era la “señorita del 401”, la mujer que todos consideraban “quedada” y que, aunque hubiera quien la admirara por llevar la vida que llevaba y por demostrar el coraje que demostraba ante esa vida que muchos consideraban estéril, seguía siendo la pobre solterona del 401.  La que vivía sola y viviría sola el resto de su vida.

       Que fue lo que hizo que mi padre se fijara en ella saliendo de su ensimismamiento.  Supongo que fue un comentario de una de las muchachitas del 302, una de esas chavas que mi madre asumía como novia de él.  Debió de decirle algo así como:  “¡Ni que fuera la solterona del 401!” a un comentario no muy ocurrente de mi padre sobre su forma de llevar su vida.  Mi padre no dijo nada, pero se quedó pensando en mi madre.  Se dio cuenta que no podía recordar su rostro, a pesar de encontrársela frecuentemente en el ascensor cuando regresaba de su anodino trabajo.  Su reacción lo sorprendió pues, en vez de dejar el inasible recuerdo por la paz, se torturó casi toda la noche tratando de recordar aunque fuera un solo rasgo de aquel rostro.  De hecho, solía calmar la ansiedad que le provocaba el insomnio tocando la guitarra y aquella noche, mientras pensaba en mi madre y en ese recuerdo que no conseguía ubicar en su mente, empezó a tocar algo de Bach y se atoró repitiendo una y otra vez el inicio del cual no pasaba.  Aventó la guitarra sobre la cama harto del fracaso y confundido por su falta de memoria.  De inmediato regresó a él la angustia del remordimiento y salió al balcón de la sala a fumarse un cigarro.  En el balcón, mientras miraba a la negrura impenetrable de la noche, reincidió en la tentación de volver sobre el recuento de los daños.  La relación con la que él consideraba la mujer de su vida, el embarazo, el matrimonio, el dejar atrás sus sueños de ser músico, el hastío, la traición, la disipación de su existencia, la huida de si mismo, el insomnio y los remordimientos que no lo dejaban en paz.  ¿Realmente ese hijo que nació muerto, era suyo?, ¿por qué cambiaron tanto las cosas entre ella y él?, ¿por qué ella se atrevió a abandonarlo?, ¿acaso ella no lo había engañado antes?, ¿por qué entonces reaccionó así cuando lo encontró en la cama con otra?.  Él ni siquiera había deseado ese encuentro; era la mejor amiga de ella y, de repente, entre confidencias y con los “alcoholes” encima...  No supo en que momento acabó haciendo con otra lo que se juró a si mismo que no haría más que con ella.  Fue la hecatombe y el fin de aquel precario matrimonio que se inició para proteger un embarazo.  De repente, se encontró otra vez con las mejillas húmedas sin darse cuenta y decidió regresar adentro de la sala.  Apagó el cigarro en la tierra de una maceta y escuchó la voz de mi madre que le preguntó:

__  Era Bach, ¿verdad?.

__  ¿Perdón?_  preguntó mi padre sintiéndose enrojecer hasta la punta de sus cabellos.

__  Me refiero a lo que usted estaba tocando en la guitarra.

__  Si, era Bach_ respondió mi padre con precipitación antes de añadir._  Y, si me disculpa.  Es ya tarde y solo salí a fumar un cigarro.

__  Si, claro.  Discúlpeme usted a mí, por favor.

       Algo así imagino su primera conversación en esa noche de insomnio para ambos.  Algo así me contó mi madre cuando yo le pregunté como se habían encontrado.  En realidad, solo fue algo así; pero, fue que es lo importante.  Mi madre se percató que mi padre salió al balcón sin otra cosa puesta más que unos “boxers” de estampado infantil.  Al principio sintió una especie de enfado al verse agredida por la cuasi desnudez de su joven vecino.  Ella iba con su bata y sus pantunflas, con su cabello desparramado sobre los hombros y con una taza de café entre las manos.  No se hizo notar al verlo tan ensimismado en sus propios pensamientos.  No tenía caso y, además, ¿qué pensaría un muchacho como aquel si una mujer como ella lo abordara de repente en mitad de la noche?.  Mi madre tenía la idea de que los jóvenes propendían a ser groseros y mal educados,  y de que era peligroso, para ella, hacerse notar en aquel espacio que, hasta entonces, había considerado privado.  Por eso, al darse cuenta que mi padre estaba fumando un cigarro en el balcón, decidió no molestarlo y permanecer en silencio, cobijada entre las sombras de su rincón, mientras lo observaba.  Fue entonces cuando mi madre pudo percatarse del físico de mi padre.  Poco a poco, la agresión por verlo casi desnudo, se convirtió en una leve incomodidad que terminó desapareciendo.  Utilizando términos comunes de hoy, mi padre no era un mal tipo.  Rasgos armónicos en su rostro, físico cuidado aunque no espectacular.  Tendía  ser alto, bien formado y su aspecto le recordaba a mi madre a los retratos de los jóvenes italianos del Renacimiento.  De repente, sintió algo que no sentía desde su adolescencia:  un súbito calor que parecía emerger de su propio centro y que rápidamente  llegó hasta sus mejillas.  En ese instante, quiso regresar a la sala de su departamento pero algo le hizo que se quedará clavada en el balcón.  Se dio cuenta, por la expresión del muchacho ensimismado, que estaba sufriendo.  Después lo corroboró con las lágrimas que empezaron a surgir incontenibles.  Fue entonces cuando, al verlo reaccionar mientras apagaba su cigarrillo, ella se atrevió a preguntarle lo primero que se le vino a la cabeza.  Mi padre contestó cortante al sentirse confundido por aquella súbita aparición de mi madre y, en cuanto pudo, regresó a su cuarto.


...

5
La hoja / Un ser obsesivo
« en: Febrero 23, 2006, 07:21:47 pm »
Era un ser obsesivo; por eso, cuando mató, su obsesión llegó a categoría de arte.  Se llamaba...  Bueno, su nombre en realidad no importa; como tampoco importa en donde vivía o en las condiciones en las que lo hacía.  Tal vez, lo único importante es saber que vivió poco más de 18 años con la víctima sin que ella se percatara que, desde que llegó a la vida de ese ser obsesivo, nació en él el deseo inextinguible de su destrucción.  Era tan pequeña, tan poco cosa, tan indefensa y, sin embargo, tan molesta, tan profundamente molesta.  Al principio lloraba, después empezó a emitir ruidos incoherentes, finalmente...  Finalmente no aguantó su parloteo vano.  ¡La odiaba!, ¡la odiaba aunque nunca se permitiera expresar en palabras ese odio!.  La odiaba como jamás había odiado en toda su vida y decidió que su obsesión , la obsesión que permeaba su vida cotidiana, fuera la que guiara sus pasos para poder llevar a buen fin su propósito de deshacerse de tan fastidiosa criatura.  Empezó por estudiar el caso:  ¿qué era lo primero que necesitaba hacer para que nadie supiese de su plan?.  Ciertamente, el primer paso incluía el disimulo.  No podía, ni debía de ser obvio.  Debía de acercarse a su víctima sin que está alcanzara siquiera a intuir su futura extinción.  No era solo hablarle bonito, no era solo procurarle las caricias que necesitaba para dar por supuesto que no había amenaza en su persona; era más, ¡mucho más!.  Era convencer a todos, propios y extraños, que la víctima estaba segura bajo su necesaria protección.  ¿Cuántos años le llevó conseguirlo?, ¿siete?, ¿ocho?.  Había perdido la cuenta de cuántos habían sido; pero, la obsesión lo hacía fuerte, así que siguió dando los pasos necesarios para obtener limpiamente su propósito.  ¿Cuál fue el siguiente?...  Elucubrar el método que debía de seguir para lograr su plan.  Ese pensamiento ocupó todos los días y todas las noches de los siguientes nueve años, ¡nueve largos años!.  Pensó en que tenía que ser un asesinato perfecto, sin dejar huellas que levantarán sospechas.  Leyó cuanta literatura cayó en sus manos a propósitos de crímenes perfectos, estudió los casos de sus detectives favoritos:  Perry Mason, Hércules Poirot, Miss Marple, Sherlock Holmes, el Padre Brown...  Leyó a otros autores de renombrada valía como Dashiell Hammet o el mexicano Paco Ignacio Taibo II.  Se nutría de fuentes ficticias para darse ideas o de fuentes reales para contrastarlas y decidir finalmente cuál sería el método más viable para lograrlo.  Pasó muchas noches en blanco pensando y pensando, recreando las acciones en su mente para luego desecharlas o bien anotarlas en una  libretita que escondía bajo los azulejos del baño.  Cuando la nefasta criatura cumplió 18 años de vivir junto a él, empezó a desesperarse por su falta de determinación, por esa decisión largamente demorada que empezaba a pesarle como una losa sobre su obsesiva mente.  La criatura seguía viva y él absolutamente inutilizado por su prolongada inacción.  No sé decidía a hacer nada mientras las criatura engordaba, prosperaba y parecía que se burlaba de él solo con el hecho de seguir existiendo, de seguir respirando el mismo aire que él respiraba.  Una noche, empapado en el sudor que le provocaba el insomnio, se levantó de la cama para irle a susurrarle al oído mientras la incauta criatura dormía a pierna suelta:  “Duerme, duerme tranquila porque este puede ser tu último sueño”.  No supo porque lo hizo, nos supo que le incitó a cometer una acción tan arriesgada; lo que si supo fue que ya no estaba dispuesto a esperar más y que su obsesiva paciencia se estaba agotando.  Confundido, regresó a su cama a tratar de conciliar un sueño que llevaba años que no lograba.  Ya no podía más, de eso estaba seguro; tan seguro como que lo que hizo esa noche  le revelaba una fisura en el perfecto y obsesivo control de su disimulo.  Tenía que actuar ya y dejar de lado sus disquisiciones internas acerca del método adecuado o del momento ideal.  “La próxima vez que esté solo”, se dijo.  “La próxima vez que esté solo lo haré con mis propias manos.  Lo ahogaré, si.  Lo ahogaré sin que se de cuenta y haré creer a todo el mundo que fue un accidente.  Un hueso que no pudo tragar, si.  Un hueso”.  Y después de ese breve soliloquio, guardó silencio y esperó.  Espero el momento perfecto y ejecutó la acción tal y como la había planeado.  La víctima apenas opuso resistencia.  El factor sorpresa fue definitivo y tras boquear un par de veces, el enorme hueso de la fruta quedó atorado en su garganta.  Laxa y sin fuerzas, la víctima cayó al piso con sus redondos ojos bien abiertos.  El ser obsesivo tuvo miedo, jamás había visto a la muerte tan de cerca y jamás había provocado la muerte a ningún ser vivo, por lo menos de manera intencional.  Clavado en el piso, casi a la mitad de la sala de aquel antiguo departamento, nuestro obsesivo protagonista contemplaba su macabra obra.  De inmediato quiso deshacerse del cadáver.  Sabía que pensarían que había sido él, tenía que pensar en una coartada.  Se enfiló con grandes zancadas a la puerta, tomó su impermeable, un paraguas y salió a caminar bajo la lluvia a pensar en que versión daría cuando le cuestionasen sobre el hecho.  Caminó y caminó hasta perder de vista el viejo edificio donde vivía.  Su mente obsesiva se volvió un revoltijo de ideas contradictorias y absurdas.  ¿Valía la pena regresar a la escena del crimen, como expresa ese contundente axioma policiaco?.  Por más que le daba vueltas a ese asunto, no encontraba otra salida:  tendría que regresar a hacerse cargo del cadáver y rogaba que el tiempo estuviera de su parte.  Parado frente al escaparate de una tienda, le echó una rápida ojeada a su reloj de pulso y, sin pensárselo dos veces, inició casi corriendo el camino de regreso.  Era tarde, muy tarde y debía de llegar antes de que cualquier otro habitante del departamento lo hiciera.  Ese era un pequeño detalle que lo atormentaba.  Salió a despejar su mente sin recordar, ¡o querer recordar!, que no vivía solo y que, en cualquier momento,  alguien atravesaría la puerta del departamento.  Su corazón, acelerado, quería salírsele por la boca mientras su paso acelerado empezaba a tener características de carrera.  Dando vuelta a una esquina, cerró su paraguas y su paso desbocado, a punto estuvo de causar otra tragedia.  Alcanzó finalmente el portal del viejo edificio y, desesperado, echó a correr escaleras arriba seguro de que debía ganar tiempo.  Frente a la puerta del departamento, comenzó a buscar la llave que, minutos después, no acertaba a encajar en la cerradura preso como estaba de sus incontrolables nervios.  Y si hubiera llegado antes que él...

____    ¿Cariño?- preguntó con voz meliflua el ser obsesivo tratando de controlar su visible agitación.

____   ¿Cariño?-  volvió a repetir más calmado al no escuchar ninguna respuesta.

____   ¿Eres tú Gaby?-  se escuchó una apagada voz masculina emerger desde la sala.

____   Si Gerardo, soy yo.  ¿Ocurre algo?.

____   Ven, por favor.

       El ser obsesivo, desprovisto ya del impermeable y habiéndose compuesto frente al espejo del recibidor, respiró hondo y dirigió sus pasos hacia la sala mientras su mente trataba de urdir la trama de una coartada creíble.

____  Mira- señaló el hombre el frío y tieso cadáver de una hermosa ave tropical-.  No me atrevo a tocarlo.  ¡Qué le diré ahora a mi madre después de que se desvivió por poder regalarme esa ave tan costosa!.

____   Pero, ¿realmente está muerta?.  No sé, tal vez solo lo está fingiendo.  ¿Recuerdas la otra vez que se atraganto?.

____   No- le interrumpió Gerardo con determinación-.  Esta absolutamente fría.  ¡A quién se le habrá ocurrido darle una fruta semejante!.

____   Seguramente fue Lupe.  Ya sabes lo bruta que es.  Con eso de que en su pueblo saben criar a estos animales...

____   Pues mañana la despides.  No es la primera vez que intentaba matarla.  Te consta que la mujer esa odiaba al pobre de Gabo.

____   Si Gerardo.  Se hará como tú digas- le produjo una breve y efímera reacción de arrepentimiento el insospechado giro que estaba tomando aquel asunto -.  Pero...  A lo mejor Lupe no tuvo nada que ver.  Tal vez fue otra persona.  No sé...

____   Mi madre está fuera de toda sospecha –atajó Gerardo repentinamente-.  Respecto a ti....  ¿Cómo voy a sospechar de ti si la adorabas?.

       Para el ser obsesivo, el momento en que su esposo Gerardo besó su frente para compartir su dolor con ella, era la consagración de su arte como asesino.  Y, en ese instante, mientras cerraba sus ojos para sentir los labios de su esposo sobre su frente, pensó:  “Esto es solo un ensayo.  Solo debo de pensar bien en como hacerlo y, el próximo beso que me des, tal vez limpie otras sospechas.  Finalmente, tu madre no resistirá la desaparición de Gabo”.

____________________________________________________________


Ahora, sus devastadoras críticas, por favor.

POTNIA

6
La hoja / ¡Como pasa de rápido la vida!
« en: Noviembre 22, 2005, 01:05:36 pm »
Este texto, es para tí Mostrenco.  Para que lo deshagas como te apetezca y me digas, al igual que a Elena Poniatowska, que soy una cursi contumaz :wink: .  Lo escribí "ex profeso" para este espacio y espero que les guste, aunque sea solo un poquito, a aquellos que tengan la paciencia de leerlo completo.  Como solían decir en la época de Cervantes y de Shakespeare:  ¡sean indulgentes con su autora!.
_____________________________________________________________


       ¡Cómo pasa de rápido la vida!.  ¿No me creen?.  Se me hace que apenas fue ayer cuando cumplí 15.  Lo recuerdo muy bien.  La atmósfera, lo claro del día, el olor; ese olor a flores.  A rosas concretamente, mis favoritas.  Era la primera vez que  me obsequiaban flores y lo hizo mi papá, ese señor de los retratos, como dicen mis sobrinos-nietos.  Recuerdo perfectamente ese día porque, tal y como todos no se cansaron de repetir, Celita llegaba a la edad de la ilusión, a la edad de los sueños, a la edad del primer amor.  ¡Primer amor!.  Soñaba con él, por supuesto, pero todavía no lo vivía.  Había un niño pecoso y muy pelirrojo que recuerdo rondándome por esos años.  Un niño, casi de mi edad, que me duplicaba la estatura y que se quedaba viéndome con sus ojos de res a punto de entrar al matadero.  Nunca se atrevió a dirigirme la palabra pero, yo estuve segura, durante mucho tiempo, que la siguiente vez que nos encontráramos, si se animaría a hacerlo.  Pasé de los 20 y lo vi desaparecer de mi vida hasta que, un buen día, en vísperas de mi cumpleaños número 30, me lo encontré a la vuelta de una esquina, dándole el brazo a una mujer muy esbelta que gritaba el nombre de tres niños rezagados.  Esta vez, fui yo la que no se atrevió a decirle nada; solo lo vi pasar acompañando a la mujer pero con la mirada perdida en el horizonte.  Recuerdo haber pensado:  “¿Será feliz?” porque, por aquellas épocas, yo aun no lo era.  “¿Se acordará de mí?”, me interrogué de nuevo interiormente.  No, era poco probable que lo hiciera; finalmente, el chico pelirrojo había quedado atrás y Celita, la de los 15 años, también.  

       Pero...  Regresando a lo rápido que se nos va la vida, ¿quién fue mi primer amor?.  Hoy dudo que haya tenido uno, aunque entonces jurara, una y mil veces, que si fue así.  Tal vez, mi único amor, mi verdadero amor, fue ese sueño que me empeñé vanamente en alimentar y proteger.  A los 18, le puse el rostro y la voz de un amigo de mi hermano el mayor.  Arturo, se llamaba, y era abogado, como mi hermano.  Mi hermano lo conoció en la universidad mientras yo jugaba con mis muñecas y siguió frecuentando nuestra casa hasta que yo me enamoré de él.  En realidad, él no se fue porque supiera que yo lo adoraba, se fue porque le surgió una nada despreciable oportunidad de trabajo para una compañía petrolera en Tampico.  Y, de Tampico, brincó más allá del Río Bravo antes de la Expropiación.  Supe que se casó, se divorció y se volvió a casar.  Supe que tuvo hijos y que les dejó una considerable fortuna a la hora de morir.  No supe nada más, absolutamente, nada más.

       Pude haberme casado alrededor de los 25 pero, no lo hice.  Me enamoré de un conocido de una amiga mía.  Un joven de espectacular presencia, muy aficionado a figurar en sociedad.  Mi amiga Gela me decía que no era un buen partido pero, aun así, me sedujo su apostura y gallardía con ese toque pícaro del seductor exitoso.  Yo estaba que bebía los vientos por él pero él, bebía los vientos por otra:  ¡mi hermana!.  Al principio pensé que iba  a la casa por mí, aunque no tardé en darme cuenta que prefería la charla intrascendente y poco edificante de mi hermanita.  De pretensa, según yo, pasé rapidamente a chaperona de mi alocada hermana mientras entraba en mi vida un hombre al que yo resulté excepcional hasta el punto de pedirle, muy formalmente, mi mano a mis padres.  El único problema fue que, aunque Ricardo era todo lo que una mujer de entonces hubieras deseado para si misma –guapo, rico y formal-, yo estaba encaprichada del casquivano Alfredo.  Estuve a punto de hacer una tontería de la que no dudo me hubiera arrepentido el resto de mi larga vida; sin embargo, el destino se confabuló para impedirla:  la noche en que yo estaba dispuesta a ir a buscarlo para declararle mi amor –con todas las consecuencias que de ello pudieran derivarse-, supe que mi hermanita, mi risueña y ligera hermana, se me había adelantado y ahora estaba irremisiblemente embarazada.  La boda se concertó en menos de un mes y yo tuve que participar en ella con mi sonrisa congelada y tratando de disimular mis lágrimas que, para todos fueron propiciadas por la emoción del momento.  Por supuesto, no fue un matrimonio feliz y, tras el parto, 7 meses después de la boda, empezaron a distanciarse.  El acabó engañándola con todas sus amigas, ella no se quedó atrás y lo hizo con quien se le pegó la gana.  Jamás volvieron a tener un hijo, aunque mi hermana repitió la experiencia del embarazo en un par de ocasiones más.  El quiso divorciarse cuando supo que mi hermana estaba embarazada de nueva cuenta, ella se lo impidió amenazándolo con el escándalo.  Duraron así más de 50 años fingiendo una felicidad que solo pudieron sentir después de sus Bodas de Oro cuando el deseo, finalmente, se convirtió en cariño, un cariño que duró bien poco pues tenía los meses contados.  Estaban a punto de cumplir los 52 años de casados, cuando a él le dio un paro cardiaco mientras se vestía una fría mañana de invierno.  No llegó al hospital; pero, tuvo un entierro muy concurrido.  Mi hermana, no tuvo empacho en sobrevivirle casi 10 años más y tampoco en expresar puras loas del difunto a quien quisiera oírla cuando, en vida, no se cansaba de ofenderlo.  Yo tuve que soportarlo como cuñado cuando lo deseé como esposo y, esa fue la mejor medicina para curarme de ese amor ya que, el trato y la familiaridad, lo convirtieron poco a poco en un ser vulgar y carente del atractivo que yo le había otorgado cuando me enamoré de él.

       ¿Qué pasó con Ricardo?, me preguntarán algunos de los que se encuentren leyendo esto.  Era un sueño, no lo niego; pero, no mi sueño, así que, sin ningún remordimiento, lo dejé partir.  Y no, no me he arrepentido de haberle dado calabazas –a pesar de que mi madre aseguró entonces que con el tiempo llegaría a hacerlo-.  Tiempo después de mi negativa, Ricardo empezó a salir con otra amiga mía a la que se le declaró y por quien fue debidamente aceptado.  Asistí a su boda en calidad de Dama de Honor y le amadriné a su primera hija.  Su vida transcurrió sin contratiempos hasta que un buen día se lo llevó un tren camino de Cuernavaca.  Dejó a mi amiga aun joven y con un par de niños a los que pronto les encontró un nuevo padre.  Mi amiga juraba que Ricardo nunca pudo olvidarme, a pesar de que no se podía quejar del buen trato que le dispensó cuando era su esposa.  De hecho, mi amiga dejó de serlo cuando se alejó a consecuencia de su segundo matrimonio.  Supe que volvió a enviudar y también supe que nunca me perdonó que su primer esposo no lograra olvidarme por más esfuerzos que todos hicimos para que eso sucediera.

       A los 35, me enamoré por tercera vez.  Lo conocí en medio de un ambiente de primavera perfecto.  Durante un paseo al que me habían convencido asistir mis jóvenes sobrinos.  De hecho, mi hermano y mi cuñada insistieron que fuera para echarles un ojo aquellos jóvenes de 18 y 20 años tan entusiastas y deseosos de correr aventuras.  Se suponía que, a parte de mí, irían otros adultos a vigilarlos pero, a la hora de hora, solo yo estuve para tratar impedir lo inevitable.  El resultado fue desastroso.  Conocí a Gonzalo, un simpático venteañero amigo de mis sobrinos.  Iba con ellos a la universidad y estaba cursando el primer año de medicina dispuesto a revelar hasta el último incógnito rincón de la naturaleza humana.  Como era uno de los que no iba emparejado, le tocó jugar conmigo y terminamos platicando, tumbados sobre la hierba, mientras veíamos a las nubes transitar ante nuestros ojos.  Hablamos de mil y un temas.  Yo traté de ser condescendiente con su juventud y me la pasé riéndome de sus inverosímiles comentarios.  Él quiso impactarme con sus conocimientos recién adquiridos y trato de provocar en mi una admiración que después se reveló como peligrosa.  La verdad es que, ese día, volví a pensar en la posibilidad de amar y ser amada por alguien.  Empezamos a coincidir en casa de mi hermano y mi cuñada se refería a él como “el novio de mi Barbarita” –que así se llamaba mi sobrina-.  Lo cierto es que Gonzalo frecuentaba a mis sobrinos por un motivo muy distinto:  yo.  Me costó aceptar que lo que me decía el chamaco en voz baja aprovechando que estábamos solos, fuera cierto.  Yo me acercaba con rapidez a mis cuarenta sin desear ser inquietada por emociones que creía más propias de la juventud que de mi reposada madurez.  Sin embargo...  Un día en plena fiesta familiar, aprovechando que yo había ido a la cocina a recoger unos bocadillos, él me siguió y, después de cerciorarse que estaríamos solos, cerró la puerta.  Me sorprendí al verlo hacer esa maniobra como si se estuviera escondiendo de alguien pero, no le di importancia y seguí colocando canapés en la charola.  “Juegos de muchachos” pensé y seguí haciendo lo mío.  Entonces, tomé la charola entre mis manos y me dirigí a la puerta con la intención de pasar por ella.  Le sonreí a Gonzalo como contraseña para que me dejara pasar; pero, no se retiró.  Yo le dije entonces que llevaba prisa con cierto dejo de impaciencia.  En ese momento, Gonzalo se avalanzó sobre mí y me besó.  Fue un beso torpe y apresurado que revelaba improvisación; sin embargo, para mí resultó ser el beso que yo había estado esperando desde que era niña.  Por supuesto, la sorpresa hizo que la charola cayera de mis manos para irse a estrellar contra las baldosas del piso haciendo rodar a los canapés hacia todas partes.  El estrépito fue tal, que Gonzalo dejó de besarme y varias personas se arremolinaron frente a al cristal de la puerta de la cocina para ver qué había sucedido.  Lo único que pudieron ver fue a Gonzalo, y a mi misma, recogiendo la comida del piso.  Uno de mis sobrinos entró a ayudarnos y a preguntar qué era lo que había sucedido.  Ninguno de los dos pudimos contestar; Gonzalo me veía de soslayo mientras sus mejillas se teñían de rojo y yo, por mi parte, eludía la inquisitiva mirada de mi sobrino que no acertaba a entender el por qué de nuestro pertinaz silencio.  Por supuesto, Gonzalo no se me volvió a acercar el resto de la fiesta y, aun, permaneció lejos de mi en muchas otras ocasiones que coincidimos en casa de mi hermano.

       ¿Qué sucedió con Gonzalo?.  Hablamos, aclaramos nuestros sentimientos y decidimos que una relación entre los dos era imposible.  Yo le dije que, en realidad, el nuestro era un amor condenado ya que, su juventud y mi madurez, no era la mejor mezcla para lograr que ambos encontráramos en el otro lo que en realidad queríamos.  Lloré, me suplicó y, al fin, llegamos al acuerdo de que dejaríamos de vernos.  Gonzalo nunca supo lo cerca que había estado de convencerme y yo nunca me he perdonado que mi educación y mis sueños me hubieran impedido decirle que sí.   Gonzalito se curó rápido de su enamoramiento por mí y, después de varios intentos fallidos, encontró por fin a la mujer que se plegó a sus deseos.  Supongo que para entonces, ya no se acordaba de mi mientras yo seguía fantaseando sobre lo que nunca había sucedido.  Después de cumplir 40, y mientras me acercaba a la cincuentena, empecé a pensar que el amor que yo siempre había esperado ya no llegaría; por lo tanto, si no iba a llegar, ¿qué era entonces lo que yo debía hacer con mi vida a partir de ese momento?.  Pensé y pensé que era lo que yo deseaba para mí, y llegué a la conclusión que, lo que realmente quería, era dejar atrás la espera y pasar a la acción.  Por supuesto, tuve que esperar, una vez más, a que mis longevos padres fallecieran para empezar a hacer lo que realmente me diera mi regalada gana.  El último de ellos en partir fue mi papá en vísperas de mi sexagésimo aniversario.  El día que cumplí 60, vestida de luto y con una maleta en la mano, decidí abordar un avión y gastarme parte de mi herencia en un viaje a Europa.  Iba sola, sin más compañía que mis empolvadas ilusiones y con la perspectiva de hacer, de mi vida sexagenaria, una aventura.  Visité todos los países que quise conocer desde que era niña, compré todo lo que se me antojó comprar y regresé a mi casa, en México, dispuesta a cambiar mi vida.  Vendí la casa de mis padres y algunas valiosas antigüedades que me correspondieron como herencia.  Compré un departamento e invertí el resto del dinero que me quedaba  en varios negocios que me propusieron algunos sobrinos segura de que mi futuro económico quedaba firmemente constituido con esta maniobra.  Los años fueron acumulándose en mi organismo provocándome un desgaste inevitable mientras mis inversiones aumentaban mi capital permitiéndome vivir como mejor me apetecía.  Por supuesto, cuantos más años tienes, más dinero necesitas para cubrir los achaques de la salud; pero, por otro lado, cubiertas las necesidades básicas, el dinero existe para ser gastado y eso es lo que yo hago sin ninguna reticencia.  Ya le ha dado varias vueltas al mundo, sola o acompañada por familiares o amigos.  Claro, de los 60 a los 80 pude hacerlo sin grandes preocupaciones; después de mi cumpleaños número 80, la salud empezó a reclamarme una mayor atención.  Fue entonces cuando vendí mi departamento y me vine a un asilo a Cuernavaca.  Mis inversiones seguían aportándome el capital necesario para no reparar en gastos y así poder seguir con un tren de vida satisfactorio para mí.  Hoy, cercana a los 90, solo tengo una ilusión:  vivir el cambio de siglo y de milenio en este templado rincón del mundo.  Ya casi nadie me visita.  Mis hermanos, algunos sobrinos y sobrinos-nietos, ya no viven.  Lo mismo pasa con la mayoría de mis amigas y algunos ahijados.  Últimamente, mi pensamiento más recurrente es el que tengo con respecto a qué pasará cuando yo me vaya.  Las personas que me cuidan y están al pendiente de mi tratan de distraerme pero, es inútil; así que he empezado a ordenar todo para simplificarle la vida a mis herederos.  Por principio de cuentas, quiero convertir lo poco que aun conservo conmigo en dinero contante y sonante, vender mis acciones a los descendientes de mis hermanos y reservar parte de esas ganancias para mi manutención –finalmente, a la edad que hoy tengo, casi todo lo que gasto se va en doctores y medicinas-.  Ya casi no me muevo si no es para aprovechar el sol.  Como poco y me la paso imbuida en mis recuerdos, esos recuerdo que me llevan a pensar en lo rápido que pasa la vida.  Ayer, solo ayer, me parecía estar cumpliendo 15 años.  El olor de las rosas, mis favoritas; lo claro del día...  Un día como hoy, en el que aun tengo fuerzas para escribir esto.  ¿Veré el albor de un nuevo siglo?, a veces lo dudo.  90 años, son muchos años y todos aquellos a los que alguna vez quise, ya no me acompañan.  Pero, no me quejo; Dios sabe por qué hace las cosas y, si aun me retiene en este mundo, por algo debe de ser.

7
Anime / Permitanme que me presente
« en: Mayo 11, 2005, 05:34:26 pm »
Hola a todos:

        Acabo de llegar y he de confesar que, aunque no conozco mucho de anime, estoy más que dispuesta a apender  todo lo que sea necesario para, si no por lo menos volverme una experta, si poder conversar más con mis amigos que son ¡¡¡FANÁTICOS!!! (ellos me recomendaron esta este sitio, por cierto).  En fin que, aunque tenga poco conocimiento del tema (Heidi, Candy, Robotech y otras piezas igual de clásicas pero decididamente antidiluvianas), estoy dispuesta a aumentar mi acervo sobre el tema.  ¿Quien se anima a darme la primera lección?.

         En otro orden de cosas, si confieso que disfruto un montón el contar historias y platicar sobre cuanto tema sea posible.  Sí, soy platicadora compulsiva :oops: .  Me encanta leer, escuchar música, bailar cuando la música me invita a ello, escribir, dibujar y otra serie de tópicos que creo comparto con mucha gente de este foro, ¿verdad?.  Así que, estoy zambulléndome en él dispuesta a compartir opiniones y comentarios.

         Y por hoy, hasta aquí.  Ojalá tenga la oportunidad de permanecer entre ustedes tiempo suficiente como para conocerlos y que ustedes me conozcan a mí.


          Potnia (La Triple Diosa bajo su advocación cretense)

Páginas: [1]